Este post es una continuación del anterior, en el cual hacía hincapié en uno de los 3 grandes obstáculos con los encontramos cuando decidimos poner fin a unos hábitos o conductas compulsivas que habían guiado nuestra vida hasta ese momento; en concretó hablaba de la avidez.
En este post pondré el foco en el 2º de esos obstáculos: la aversión.
Nos ha tocado vivir en una cultura centrada en la gratificación inmediata, por lo que existe cada vez menos tolerancia a la frustración.
Si voy a hacer deporte y cuando acabo me siento cansad@, quiero que enseguida desaparezca esa sensación y me tomo un analgésico. Si estoy en el trabajo y no tengo gran cosa que hacer, enseguida me impacientaré, sentiré que me aburro y querré que desaparezca ese malestar, buscando la manera de entretenerme.
Ese mecanismo en sí no tiene porqué ser malo. Ningún ser quiere sufrir y es normal que busque la mejor manera de evitar el sufrimiento.
Detrás de la aversión, la emoción predominante que aparece es el miedo y las sensaciones físicas de rigidez, tensión, incomodidad y su opuesto, o lo que buscamos con la aversión (aunque sea inconscientemente) es la seguridad y comodidad a toda costa.

En los ejemplos que ponía antes, hay miedo al sufrimiento físico, en el caso del cansancio después de hacer deporte o miedo al sufrimiento psicológico, en el caso del aburrimiento y en ambos casos, busco evitarlos rápidamente para sentirme seguro y bien.
Si estas conductas de evitación, no las enfrentamos y nos aferramos a querer siempre tener una vida controlada, segura y cómoda, a la mínima que aparezca algo que amenace eso y llevado al terreno de las adicciones o conductas adictivas, nos puede llevar a que en lugar del analgésico o del entretenimiento más “naif” para evadirnos de lo molesto, de lo que nos hace sufrir y que ya tenemos la experiencia de que no nos aleja lo suficiente, ya que siempre reaparece, acabemos recurriendo a algo más fuerte, como puede ser nuestra sustancia favorita o la conducta compulsiva que más nos motiva, para alejarnos lo más rápidamente del malestar y con la sensación ilusoria de que nunca más aparezca.

Así que, vale la pena que, antes de recaer en algo que sé que no ha mejorado nunca nada y siempre me ha supuesto un mayor sufrimiento a medio/largo plazo, te hagas algunas de las siguientes preguntas:
¿qué me estoy perdiendo al tratar a toda costa de evitar el sufrimiento?
¿qué hubiese pasado sí en el proceso de aprendizaje de caminar o de aprender a leer o ir en bicicleta, me hubiese dicho: “lo dejo, esto es muy duro, no paro de caerme o de equivocarme”?
¿qué aprendizaje puede haber si nunca me equivoco?
¿qué beneficios puede traer a mi vida comenzar a arriesgarme, comenzar a tolerar la frustración?